En tres meses, quince niñeras fueron despedidas de la casa del multimillonario, porque sus trillizos de cinco años convertían la vida del servicio en una auténtica pesadilla.

Dos veces.

Tres veces.

Mary no le pidió que cancelara la reunión.

Simplemente se quedó junto a los niños, esperando.

Daniel observó a sus hijos sentados en el suelo. Lucas había empezado a recoger los lápices. Ethan sostenía uno de los cuadernos. Oliver se había acercado discretamente a Mary.

Entonces hizo algo que sus empleados no habían visto en años.

Apagó el teléfono.

—Voy a cancelar la reunión —dijo.

Mary levantó la mirada.

—No tiene que hacerlo por mí.

—No lo hago por usted.

Daniel se arrodilló frente a sus hijos.

—Lo hago por ellos. Y porque llevo demasiado tiempo aplazando algo que no puede esperar.

Lucas lo miró con desconfianza.

—¿No te vas a ir a trabajar?

Daniel tragó saliva.

—Hoy no.

—¿Y mañana?

La pregunta le rompió el corazón.

—Mañana también voy a estar aquí por la mañana. Y después de trabajar, volveré a casa a tiempo para cenar con ustedes.

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