Me aferré a la carta.
—¿Se casaron?
—Sí. Tuvieron una vida juntos. Y me tuvieron a mí.
Sentí una punzada de dolor, aunque sabía que no tenía derecho a exigirle a un hombre que había desaparecido durante una guerra que permaneciera soltero para siempre.
Yo misma había elegido vivir sola.
Él había seguido viviendo.
Y, de alguna manera, ambas cosas podían ser verdad sin borrar lo que habíamos sentido a los veintiún años.
—¿Era feliz? —pregunté.
David tardó en contestar.
—Mi padre quiso a mi madre. Pero nunca dejó de hablar de usted. Ella lo sabía. Antes de morir, me pidió que lo ayudara a encontrarla.
Me quedé inmóvil.
La mujer que había compartido la vida con Thomas, una mujer a la que yo nunca había conocido, había deseado que nosotros volviéramos a encontrarnos.
—¿Por qué?