—Lo sé.
Respiré profundamente.
—Pero no quiero desperdiciar el tiempo que nos queda odiándote.
Thomas lloró en silencio.
—No merezco tu perdón.
—Probablemente no —respondí con una pequeña sonrisa—. Pero eso no significa que yo quiera pasar el resto de mi vida cargando con esta tristeza.
Él me miró como si aquellas palabras fueran un regalo que nunca se había atrevido a pedir.
—¿Puedo hacerte una última pregunta?
—Todas las que quieras.
—¿Alguna vez dejaste de quererme?
Miré nuestras manos entrelazadas.
Pensé en los años que habían pasado. En las Navidades solitarias, en los cumpleaños, en las flores junto al memorial y en todas las ocasiones en que había tenido que aprender a vivir sin una respuesta.
Después lo miré.
—No. Pero aprendí a vivir sin ti.
Thomas asintió lentamente.
—Eso es más de lo que merezco.
—Quizá —le dije—. Pero ahora estamos aquí.