Sonrió débilmente.
—A veces soñaba que seguíamos teniendo veintiún años y que discutíamos por quién debía pagar el café.
Me reí entre lágrimas.
—Siempre pagabas tú.
—Porque siempre fingías que habías olvidado la cartera.
—¡Eso ocurrió dos veces!
—Ocurrió por lo menos diez.
Por primera vez desde que había entrado en aquella habitación, nos reímos juntos.
Y durante unos segundos, el tiempo desapareció.
No éramos dos ancianos sentados en un hospital.
Éramos dos estudiantes pobres que compartían un café y creían que el futuro era algo que podían construir juntos.
Entonces Thomas dejó de reír.
—Eleanor, hay algo más que necesito contarte.
Sentí que el corazón volvía a acelerarse.
—¿Qué ocurre?
Señaló el cajón de la mesita.
David lo abrió y sacó una caja pequeña de madera.