Durante 55 años creí que mi prometido había desaparecido en la guerra, hasta que su nieto me reveló una verdad inesperada

Asentí.

—David me ha contado que murió.

Thomas cerró los ojos un instante.

—Era una mujer extraordinaria. Me cuidó cuando no podía cuidarme a mí mismo. Me dio una familia y una razón para seguir viviendo.

Sentí un nudo en la garganta.

—¿La amabas?

—Sí —respondió sin vacilar—. La amé.

Aquella respuesta dolió, pero también me permitió respirar.

No quería que Thomas hubiera pasado cincuenta y cinco años detenido en el tiempo, del mismo modo que yo lo había hecho.

Quería saber que había vivido.

Que había reído, que había tenido momentos felices y que había encontrado a alguien que lo cuidara cuando más lo necesitaba.

—Entonces, ¿por qué nunca dejaste de pensar en mí? —pregunté.

Thomas me miró directamente a los ojos.

—Porque una cosa no anulaba la otra. Mi esposa fue mi compañera durante muchos años. Tú fuiste mi primer amor. Nunca quise convertirte en una fantasía ni comparar nuestras vidas. Pero siempre me pregunté qué habría ocurrido si hubiera regresado a aquella universidad y hubiera llamado a tu puerta.

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