EL NUEVO DIRECTOR ME DEGRADÓ EL PRIMER DÍA… Y ESA MISMA NOCHE APARECIÓ EN MI CASA COMO MI CITA A CIEGAS

—¿Y dónde piensa llevarme?

—A un restaurante. Aunque, si prefiere evitar malentendidos profesionales, podemos dejarlo para otro momento.

Dejé el bolígrafo.

—Adrián, hay algo que necesito decirte.

Se quedó quieto.

—No te he perdonado del todo por aquella primera reunión.

—Lo sé.

—Y no quiero que mi padre, el pasado de nuestras familias o todo lo que ha ocurrido nos obligue a sentir algo que no sentimos.

—Estoy de acuerdo.

Lo observé durante unos segundos.

—Pero me gustaría conocerte sin que estés sentado a la cabecera de una mesa decidiendo mi futuro.

Adrián sonrió.

Una sonrisa verdadera.

No la expresión educada que utilizaba con los pacientes o los miembros de la junta.

—¿Eso significa que aceptas?

—Significa que puedes reservar una mesa.

Se acercó un poco.

—¿Y qué te apetece cenar?

Recordé nuestra primera noche.

La humillación.

El silencio incómodo.

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