Su esposa vino a verme una última vez.
Llevaba la misma fotografía que me había mostrado en recepción.
—Sé que usted no operó a mi marido —dijo—. Quería pedirle perdón por haber creído lo contrario.
Negué con la cabeza.
—No tiene que disculparse por querer saber qué ocurrió.
La mujer me tomó ambas manos.
—Solo espero que esto sirva para que ninguna otra familia tenga que pasar por lo mismo.
Yo también lo esperaba.
Cuando se marchó, permanecí un rato mirando el vestíbulo.
El mismo mostrador donde había pasado las semanas más difíciles de mi carrera.
Había odiado aquel puesto.
Sin embargo, allí había aprendido algo que el quirófano a veces me hacía olvidar.
Los pacientes no eran únicamente historias clínicas.
También eran personas confundidas que necesitaban instrucciones claras, familiares que esperaban noticias y ancianos que no encontraban una consulta.