A su lado puse una fotografía de Thomas Reed que Clara había encontrado entre las pertenencias de su familia.
Durante mucho tiempo, aquellas dos imágenes me recordaron todo lo que habíamos perdido.
Después comenzaron a recordarme algo diferente: que incluso las heridas más profundas pueden convertirse en el comienzo de una vida distinta.
Una mañana, mientras contemplábamos la luz del sol extenderse por el jardín cubierto de nieve, Clara se acercó a la ventana y sonrió.
—¿En qué estás pensando? —le pregunté.
Ella tardó unos segundos en responder.
—En mi padre. En cómo habría sido mi vida si nada de esto hubiera ocurrido.
Me acerqué a su lado.
—¿Y qué sientes cuando lo piensas?
Clara contempló los árboles del jardín.
—Tristeza, por supuesto. Siempre habrá una parte de mí que eche de menos lo que nunca pude tener. Pero ya no siento que deba pasar el resto de mi vida castigando a alguien por ello.