Clara bajó la mirada hacia la taza de té.
—Porque marcharse no siempre significa ser libre. Y quedarse no siempre significa estar atrapado.
Sus ojos volvieron a encontrarse con los míos.
—Durante mucho tiempo creí que la única manera de recuperar mi vida era vengarme. Pensaba que, si conseguía destruir al hombre responsable de la muerte de mi padre, finalmente podría descansar. Pero cuando llegué aquí descubrí que el odio también puede convertirse en una prisión.
Se acercó un poco más.
—No puedo recuperar a mi padre. Tampoco puedo cambiar lo que ocurrió. Pero puedo decidir qué hacer con el resto de mi vida. Y no quiero pasarla huyendo de mi pasado.
Extendí la mano y cubrí la suya con la mía.
Sentí cómo la armadura helada que había rodeado mi corazón durante décadas comenzaba, por fin, a resquebrajarse.