Parte 2: El legado de Eleanor, la confesión en la oficina y el verdadero valor de un corazón humano.

Su rostro no mostraba dolor.

Solo una expresión serena, acompañada de aquella sonrisa apacible que había descubierto meses atrás, cuando Clara le ayudó a arreglar los últimos mechones plateados de su cabello.

Por primera vez en toda mi vida, no sentí rabia ante la muerte.

Sentí gratitud por haber tenido la oportunidad de conocer a mi madre antes de perderla.

La enterramos en una ceremonia pequeña y familiar. No hubo multitudes de políticos corruptos ni discursos vacíos de los hombres del sindicato. Tampoco hubo cámaras ni periodistas.

Solo estuvieron las personas que realmente habían formado parte de su vida.

Cuando terminó el funeral, regresé a la inmensa mansión.

El silencio era ensordecedor.

Entré en mi despacho, me senté a oscuras y contemplé las últimas llamas de la chimenea. Durante mucho tiempo no hice nada. No revisé documentos, no atendí llamadas y no pensé en los negocios.

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