Clara le leía novelas, le preparaba su té favorito con limón y jengibre y le contaba historias de su infancia. Yo, que durante años había utilizado el trabajo como excusa para evitar cualquier conversación emocional, aprendí a sentarme a su lado sin mirar el teléfono ni dar órdenes.
A veces hablábamos durante horas.
Otras veces permanecíamos en silencio, simplemente escuchando la respiración de mi madre y el crepitar de la chimenea.
Poco a poco, comencé a conocer a la mujer que había existido antes de convertirse en la esposa de un hombre peligroso y en la madre de un heredero criado entre amenazas.
Descubrí sus sueños abandonados, sus miedos secretos y las pequeñas cosas que todavía conseguían hacerla feliz.
Una noche, mientras Clara le acomodaba las almohadas, mi madre me llamó con un gesto.
—Bennett, acércate.