Parte 2: El legado de Eleanor, la confesión en la oficina y el verdadero valor de un corazón humano.

Clara le leía novelas, le preparaba su té favorito con limón y jengibre y le contaba historias de su infancia. Yo, que durante años había utilizado el trabajo como excusa para evitar cualquier conversación emocional, aprendí a sentarme a su lado sin mirar el teléfono ni dar órdenes.

A veces hablábamos durante horas.

Otras veces permanecíamos en silencio, simplemente escuchando la respiración de mi madre y el crepitar de la chimenea.

Poco a poco, comencé a conocer a la mujer que había existido antes de convertirse en la esposa de un hombre peligroso y en la madre de un heredero criado entre amenazas.

Descubrí sus sueños abandonados, sus miedos secretos y las pequeñas cosas que todavía conseguían hacerla feliz.

Una noche, mientras Clara le acomodaba las almohadas, mi madre me llamó con un gesto.

—Bennett, acércate.

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