Con ayuda de mi hermana Sahar y de varias personas que habían conocido a mi padre, comencé a restaurar la academia.
La llamé Academia Nasser El Sherbini.
Ofrecimos clases gratuitas a niños de familias con pocos recursos y talleres para mujeres que habían tenido que abandonar sus sueños para sobrevivir.
El día de la inauguración, Davlat llegó apoyada en su bastón.
Cuando vio el retrato de mi padre colgado en la entrada, se echó a llorar.
—Ojalá hubiera tenido el valor de hacer esto cuando él estaba vivo.
Le tomé la mano.
—No podemos cambiar el pasado, señora Davlat. Pero todavía podemos decidir qué hacemos con la verdad.
Ella asintió.
Saif también acudió a la inauguración, aunque se quedó al fondo de la sala.
Al terminar el acto, se acercó a mí.
—He venido a pedirte perdón una vez más. No espero que me perdones ni que me des una oportunidad. Solo quería que supieras que he empezado a trabajar con una organización que ayuda a empleados domésticos a denunciar abusos.