—…
—Cero —dije—. Ni una.
—¡No es verdad! ¡Te quiero!
—¿Me quieres? —dije—. Anoche fui “nadie que se equivocó de casa”. Hoy soy tu banco. ¿En qué quedamos, Daniel?
—Vas a castigarme por una noche…
—No te castigo —dije—. Me libero. Hay diferencia.
Oí un murmullo. Claire cogió el teléfono.
—¿Margaret? ¿Cómo pudiste? ¿En Navidad?
—¿Cómo pude qué, Claire? ¿Dejar de pagar? ¿O cómo pudiste tú reírte de mi pavo por teléfono?
—Yo… estábamos…
—Borrachos y crueles —dije—. Lo oí todo.
—Los niños… —dijo—. ¿Vas a castigar a tus nietos?
—No —dije—. A mis nietos no les faltará nada. Su colegio, sus cosas… eso lo pago yo. Directamente. Pero a ti y a Daniel… arréglense.
—¿Directamente? ¿Qué significa eso?
—Que mi dinero ya no pasa por tus manos, Claire.
—¡No tienes derecho!
—Tengo todo el derecho —dije—. Es mi dinero.
Otro murmullo. Una vocecita.