Durante treinta y siete años había imaginado cómo sonaría la música.
La realidad era mucho más hermosa.
Al terminar el concierto, Lily tomó mi mano.
—¿Le gustó?
Me arrodillé frente a ella.
—Fue uno de los momentos más felices de mi vida.
Sonrió.
—Entonces tenemos que venir otra vez.
Reí.
—Te lo prometo.
Emily nos observaba emocionada.
Miré a la niña que había cambiado mi mundo.
Nunca sabría cuánto de mi pasado podría recuperar.
No volvería a escuchar la voz de mi madre.
Ni las palabras que mi padre había pronunciado cuando yo era pequeño.
Pero podía escuchar a Lily reír.
Podía escuchar la lluvia.
La música.
Y mi propia voz diciendo palabras que durante años solo habían existido dentro de mi mente.
Aquella noche regresé a mi mansión.