Elena abrió la carpeta.
En la primera página había una fotografía antigua: yo, sentado en el suelo de nuestra pequeña cocina, con una de nuestras hijas dormida sobre el pecho y otra abrazada a mi pierna.
En la parte inferior, Chloe había escrito:
«Así era nuestra vida después de que te marcharas».
Elena apartó la fotografía como si le quemara los dedos.
—¡Esto es cruel! —exclamó—. ¡He venido a celebrar la boda de mi hija, no a ser humillada!
Chloe levantó suavemente una mano.
—Tú misma dijiste que querías venir porque debías causar una buena impresión ante tu nueva familia. Así que pensé que sería justo que todos conocieran nuestra historia completa.
El novio de Chloe, Daniel, se acercó y le tomó la mano.
Ella continuó hablando.
—Durante quince años, papá se levantó antes del amanecer para ir a trabajar. Cuando una de nosotras enfermaba, pedía permiso o perdía horas de sueño para cuidarnos. Cuando no había suficiente dinero para comprar ropa nueva, arreglaba la que teníamos. Y cuando yo lloraba porque echaba de menos a mi madre, él nunca te insultaba.