Pero había otra cosa que no podía dejar de pensar.
Las transferencias bancarias.
Durante tres meses había estado revisando, dentro de mis funciones profesionales y con la debida autorización, operaciones relacionadas con una empresa que aparecía repetidamente en documentos financieros vinculados a mi padre.
No tenía pruebas de que él hubiera cometido un delito. Ni siquiera había terminado de determinar por qué aparecía su nombre en aquellos registros.
Pero ahora sabía que no debía ignorar las coincidencias.
A la mañana siguiente, llegué a mi apartamento temporal con una decisión tomada.
No iba a utilizar mi trabajo para vengarme de mi padre. Tampoco iba a investigar sus asuntos privados por mi cuenta.
Si existía alguna irregularidad, debía seguir los procedimientos adecuados y dejar que las personas responsables la examinaran.
Mi abogado estuvo de acuerdo.
—Una cosa es lo que te ha hecho personalmente —me explicó— y otra, cualquier posible problema financiero. No mezcles las dos cosas. Conserva las pruebas de la agresión y comunica por los canales correspondientes cualquier información relevante que ya hayas encontrado legítimamente.