Tomando de la mano a mis dos hijos, subí corriendo por Maplewood Lane con el corazón latiéndome tan fuerte que apenas podía oír a Fiona, de ocho años, preguntarme por qué lloraba

Chloe pegó un brinco, con la cara completamente desencajada.

—¡¿Qué?! —gritó, volteando a ver a Luca con los ojos desorbitados—. ¡Me juraste que esas transferencias eran bonos de tu empresa! ¡Me dijiste que tu esposa no tenía ni en qué caerse muerta y que dependía enteramente de tu sueldo!—¡Cállate la boca, Chloe! —le espetó Luca, sudando frío y pasándose una mano temblorosa por el pelo—. Jessi, escúchame. Esto es un malentendido contable. Si me bloqueas las cuentas y me quitas la casa, la empresa se va a pique. ¿Qué va a pasar con el futuro de nuestros hijos?

Me crucé de brazos y lo miré fijamente, sin que me temblara ni un solo músculo de la cara.

—Qué curioso que te acuerdes de los niños ahorita —le respondí con voz helada—. Hace apenas dos horas no te importó su futuro cuando sacaste mis maletas a la banqueta para meter a tu amante. Te sentías muy gallito creyendo que me ibas a dejar en la calle con una mano adelante y otra atrás. Pero se te olvidó un pequeño detalle: yo no te pedía cuentas porque confiaba en ti, no porque fuera tonta.

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