Daniel había hecho precisamente eso.
Había construido una relación sentimental conmigo mientras utilizaba mis fotografías para captar clientes y solicitar pagos bajo una identidad falsa.
Pero había una pregunta que todavía no conseguía responder.
¿Por qué yo?
¿Por qué había elegido a una mujer de cuarenta y siete años que vivía sola y que apenas tenía presencia en las redes sociales?
La respuesta llegó cuando Laura encontró un mensaje antiguo.
Daniel me lo había enviado durante la segunda semana de nuestra relación.
«Me encanta que seas una mujer tan discreta. No tienes muchas fotografías públicas, así que siento que las que compartes conmigo son especiales».
En aquel momento, me había parecido romántico.
Ahora entendía lo que realmente significaba.
Había buscado a alguien cuyas fotografías no fueran fáciles de encontrar en Internet, alguien que probablemente tardaría en descubrir que su imagen estaba siendo utilizada.