Había compartido con él detalles que jamás habría contado a una persona que acabara de conocer.
Y ahora parecía que alguien estaba utilizando esos detalles para fabricar una versión de mí que no existía.
Laura me tomó la mano.
—Vamos a denunciarlo, mamá.
Asentí.
Pero antes de hacerlo, decidí intentar una última llamada.
Esta vez, Daniel contestó.
—Emily, cariño —dijo con aquella voz cálida que había escuchado durante tres meses—. Estaba a punto de llamarte.
Sentí que la rabia empezaba a superar al miedo.
—¿Quién eres?
Hubo un silencio.
—¿Qué quieres decir?
—Mi fotografía está en una página para adultos. Aparecen mi nombre, mi número de teléfono y conversaciones que nunca he tenido. Quiero que me expliques por qué.
Daniel suspiró.
Y aquel suspiro me hizo sentir peor que cualquier grito.
—Emily, por favor, cálmate. Puedo explicártelo.