A los 47 años, conocí a un hombre en Facebook que me pedía que le enviara la misma foto todas las noches. Tres meses después, una desconocida me llamó gritando: «¿NO TIENES VERGÜENZA? ¡TU FOTO ESTÁ EN PÁGINAS PARA ADULTOS!». Pero cuando abrí el enlace que me envió y leí lo que habían escrito… Ojalá nunca lo hubiera hecho…

Había compartido con él detalles que jamás habría contado a una persona que acabara de conocer.

Y ahora parecía que alguien estaba utilizando esos detalles para fabricar una versión de mí que no existía.

Laura me tomó la mano.

—Vamos a denunciarlo, mamá.

Asentí.

Pero antes de hacerlo, decidí intentar una última llamada.

Esta vez, Daniel contestó.

—Emily, cariño —dijo con aquella voz cálida que había escuchado durante tres meses—. Estaba a punto de llamarte.

Sentí que la rabia empezaba a superar al miedo.

—¿Quién eres?

Hubo un silencio.

—¿Qué quieres decir?

—Mi fotografía está en una página para adultos. Aparecen mi nombre, mi número de teléfono y conversaciones que nunca he tenido. Quiero que me expliques por qué.

Daniel suspiró.

Y aquel suspiro me hizo sentir peor que cualquier grito.

—Emily, por favor, cálmate. Puedo explicártelo.

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