Sentí un nudo en la garganta.
—Yo tampoco sabía nada. Me enteré cuando me llamaste.
—Lo siento muchísimo.
Nos quedamos calladas durante unos segundos.
Después le dije algo que necesitaba escuchar tanto como ella.
—Yo también lo siento. No tenías por qué haber pasado por esto.
La conversación terminó de una manera que nunca habría imaginado.
Dos mujeres que habían comenzado aquella historia creyendo que la otra era su enemiga comprendieron que ambas habían sido víctimas de la misma mentira.
Su marido había perdido dinero.
Yo había perdido mi intimidad y la confianza que había depositado en alguien.
Y Daniel había utilizado las emociones de varias personas para beneficiarse.
No éramos rivales.
Éramos dos personas a las que alguien había engañado.
Pasaron varias semanas antes de que pudiera volver a dormir con tranquilidad.
Al principio, cada vez que recibía una llamada de un número desconocido, el corazón me latía con fuerza. Me preocupaba que aparecieran nuevas fotografías o que alguien se presentara en mi casa.