Me dejé caer en la silla.
—¿Su esposa?
—No. Nunca llegamos a casarnos.
Se sentó frente a mí y comenzó a contarme una historia que llevaba casi medio siglo intentando olvidar.
En 1981, Richard tenía treinta y tres años. No era todavía el millonario que yo conocía, sino un joven empresario que intentaba levantar un pequeño negocio familiar.
Anna era hija de una mujer que trabajaba en la casa de los Harrison. Había crecido cerca de aquella mansión, pero nunca había formado parte de la familia adinerada.
A Richard no le importaba.
Se enamoraron y planearon casarse.
La noche anterior a la boda, Anna apareció en aquella misma habitación. Llevaba la blusa rosa, la falda negra y los zapatos rojos que yo tenía puestos.
Habían discutido porque ella había descubierto unos documentos relacionados con la familia Harrison. Según Richard, aquellos papeles demostraban que su padre había ocultado una deuda enorme y había utilizado el nombre de Anna para encubrir una operación financiera fraudulenta.