Richard rompió a llorar.
Yo también.
No lloraba por los 50.000 dólares ni por el miedo que había sentido al llegar a la mansión.
Lloraba porque acababa de recuperar una parte de mi historia que creía perdida para siempre.
Tres días después, mi madre y yo viajamos a Boston.
La residencia estaba rodeada de árboles y tenía un pequeño jardín con rosas blancas.
Una enfermera nos condujo hasta una habitación luminosa.
Junto a la ventana había una mujer anciana, de cabello plateado, sentada en una silla de ruedas.
Cuando entramos, levantó la cabeza.
Mi madre se quedó paralizada.
—Mamá —susurró.
La anciana parpadeó varias veces.
Después miró a Susan con una expresión de desconcierto que poco a poco se convirtió en reconocimiento.
—¿Susan?
Mi madre cayó de rodillas frente a ella.
—Sí, mamá. Soy yo.
Se abrazaron y lloraron durante tanto tiempo que la enfermera tuvo que traerles pañuelos.