—Yo nunca supe nada de eso —murmuró.
—Lo sé —respondió mi madre—. Anna tampoco sabía qué te había ocurrido. Durante años creyó que habías decidido abandonarla.
Richard comenzó a llorar.
Cuarenta y cinco años de culpa, esperanza y preguntas parecían derrumbarse sobre él en aquel instante.
Pero yo solo podía pensar en una cosa.
Mi abuela estaba viva.
Y yo había aceptado pasar una noche en aquella mansión sin saber que estaba a punto de descubrir que todavía tenía una abuela a quien abrazar.
A medianoche, Richard me entregó un segundo sobre.
Dentro había un cheque por 50.000 dólares y una nota.
—Ese dinero es tuyo —dijo—. No tienes que devolverlo ni hacer nada a cambio. Sé que tu madre necesita tratamiento y quiero ayudarte. Pero, si decides no volver a verme, lo entenderé.
Miré el cheque y después a aquel anciano.