—¿Cómo puedes seguir queriéndolo después de lo que ha hecho?
Me quedé pensando.
Porque aquella era la pregunta que yo misma me hacía cada noche.
—No lo sé, mamá. Pero estoy aprendiendo que querer a alguien no significa justificarlo. Puedo desear que mi hijo cambie y, al mismo tiempo, exigir que asuma las consecuencias de sus decisiones.
Ella asintió.
Por primera vez desde aquella noche, sonrió sin miedo.
Meses después, la investigación seguía su curso.
Daniel tuvo que afrontar las consecuencias de lo ocurrido. Nuestra familia dejó de ocultar el problema y buscó ayuda para entender cómo habíamos llegado a aquella situación.
No fue fácil aceptar que el hijo al que había criado pudiera comportarse de aquella manera. Tampoco fue fácil para mi madre reconocer que había estado demasiado asustada para pedir ayuda antes.
Pero ninguna de las dos volvió a cargar sola con aquel secreto.