Se echó a reír.
Y yo también.
Porque, al final, aquella frase pronunciada a miles de metros de altura no significaba que mis hijos fueran a desaparecer de mi vida.
Significaba que mi marido tenía tanto miedo de perder a su familia que había olvidado algo esencial: no se protege a las personas que amas quitándoles la verdad, sino permitiéndoles estar a tu lado cuando más miedo tienes.
Después de cincuenta y dos años de matrimonio, aprendí que el amor no consiste en evitar todas las despedidas.
Consiste en no dejar que el miedo nos robe el tiempo que todavía tenemos.
Y si algo me enseñó aquella experiencia, fue esto:
Nunca des por sentado que conoces por completo a la persona que duerme a tu lado.
Pero tampoco permitas que sus errores te hagan olvidar todo lo que habéis construido juntos.