Pero entonces, inicié las mediciones térmicas.Tomé la primera temperatura superficial del cuerpo y obtuve un dato incompatible con las condiciones ambientales de la sala. Pensé en un fallo del instrumento. Reinicié el dispositivo, cambié de punto anatómico, repetí la medición y el valor volvió a aparecer, obstinado. Pedí un segundo termómetro, lo calibré delante de los testigos y obtuve prácticamente la misma lectura.
No hablo de algo espectacular pensado para impresionar a una parroquia; hablo de una cifra concreta, clínica y matemáticamente fuera de su lugar.
Mi reacción no fue asombro, fue irritación. Revisé baterías, contactos, el efecto del foco, cualquier variable humana o técnica que evitara entregarle la escena a las interpretaciones devocionales. Pero el dato regresó una y otra vez con una persistencia muda que vuelve humillante al escepticismo cuando empieza a quedarse sin herramientas.
Cuando los números no bastan