Sonreí.
—Eso no tuvo nada que ver con ser coronel.
La abracé.
—Vine porque soy tu madre.
Pasó casi un año antes de que Maya pudiera hablar de su matrimonio sin que la voz le temblara.
Para entonces había retomado su trabajo.
Había alquilado un pequeño apartamento con grandes ventanas y paredes blancas.
Compró una mesa de madera, colocó plantas junto al balcón y comenzó a decorar cada habitación a su manera.
Un día me invitó a cenar.
Cuando llegué, encontré una pequeña fotografía sobre la repisa de la chimenea.
Era una imagen de Maya cuando tenía ocho años.
Estaba sentada sobre mis hombros durante una celebración militar.
Las dos sonreíamos.
La tomé entre las manos.
—¿Dónde encontraste esto?
Maya apareció desde la cocina.
—Estaba en una caja de recuerdos.
Sonrió.
—Quería ponerla aquí.
Miré la fotografía.