Respiró profundamente.
—Pensé que, si contaba lo que estaba pasando, todos dirían que estaba loca.
Le tomé la mano.
—El dinero puede pagar abogados. Puede comprar propiedades. Puede abrir muchas puertas. Pero no convierte una mentira en verdad.
Maya sonrió débilmente.
—Evelyn decía que tu rango no significaba nada.
Miré el agua.
—En eso tenía razón.
Mi hija se volvió hacia mí, sorprendida.
—¿Qué?
—Mi rango no me daba derecho a entrar en su casa, quitarles documentos ni decidir lo que debía ocurrirles. Tampoco me hacía más importante que cualquier otra madre que encontrara a su hija en aquella situación.
Maya guardó silencio.
—Lo que importaba era que tú tenías derecho a estar segura. Y que había personas dispuestas a escuchar lo que habías vivido y examinar las pruebas.
Mi hija apoyó la cabeza sobre mi hombro.
—Pero viniste por mí.