A las 2:27 de la madrugada, mi padre llamó desde la comisaría. «Cariño… ella me golpeó con un bate de béisbol. Ahora le está diciendo a la policía que la ataqué porque padezco una enfermedad mental». Al llegar, encontré a mi cuñada llorando y a mi hermano de pie, en silencio, a su lado. Le mostré al agente mi placa de agente federal y se quedó pálido. Entonces, la manga de la camisa de mi padre se deslizó hacia arriba y, de repente, comprendí que aquello era mucho más que una disputa familiar.

—¿Crees que no murió?

Miré a Claudia a través del cristal de la sala de declaraciones.

Ella también me estaba mirando.

—Creo que alguien lleva tres años construyendo una mentira —contesté—. Y esta noche ha cometido el error de dejar que mi padre hable.

2. Los once millones de euros

A las cuatro y veinte de la madrugada, el abogado pidió hablar conmigo.

Acepté, pero únicamente en presencia de otro agente y dejando claro que cualquier cuestión relevante debía incorporarse formalmente a las diligencias.

Se presentó como Álvaro Mena, representante legal de Claudia en un procedimiento sucesorio.

—Su cuñada no tiene nada que ver con las lesiones de su padre —comenzó—. Está atravesando una situación emocional complicada.

—Entonces no tendrá inconveniente en explicar por qué llevaba una solicitud de incapacitación judicial en su maletín.

Álvaro apretó los labios.

—Era una medida preventiva.

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