A las 2:27 de la madrugada, mi padre llamó desde la comisaría. «Cariño… ella me golpeó con un bate de béisbol. Ahora le está diciendo a la policía que la ataqué porque padezco una enfermedad mental». Al llegar, encontré a mi cuñada llorando y a mi hermano de pie, en silencio, a su lado. Le mostré al agente mi placa de agente federal y se quedó pálido. Entonces, la manga de la camisa de mi padre se deslizó hacia arriba y, de repente, comprendí que aquello era mucho más que una disputa familiar.

Mi padre me agarró la mano.

Sus dedos estaban helados.

—Lucía —susurró—. No confíes en el abogado.

Me incliné hacia él.

—Papá, mírame. Estás a salvo. Necesito que me digas una cosa. ¿Quién te hizo esas heridas?

Mi padre comenzó a temblar.

Claudia se puso de pie de golpe.

—¡No le hagas preguntas! ¡Está confundido! ¡Tiene demencia!

Mi padre cerró los ojos.

—Ella no estaba sola —murmuró.

El silencio cayó sobre la sala.

—¿Quién más estaba contigo, papá?

Tragó saliva.

—Tu hermano.

Sentí como si alguien me hubiera golpeado el pecho.

Mi hermano Daniel había muerto tres años antes en un accidente de tráfico.

O, al menos, eso era lo que todos creíamos.

Claudia se llevó ambas manos a la boca.

Por primera vez aquella noche, sus lágrimas parecieron auténticas.

Pero no eran lágrimas de tristeza.

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