Mi padre me agarró la mano.
Sus dedos estaban helados.
—Lucía —susurró—. No confíes en el abogado.
Me incliné hacia él.
—Papá, mírame. Estás a salvo. Necesito que me digas una cosa. ¿Quién te hizo esas heridas?
Mi padre comenzó a temblar.
Claudia se puso de pie de golpe.
—¡No le hagas preguntas! ¡Está confundido! ¡Tiene demencia!
Mi padre cerró los ojos.
—Ella no estaba sola —murmuró.
El silencio cayó sobre la sala.
—¿Quién más estaba contigo, papá?
Tragó saliva.
—Tu hermano.
Sentí como si alguien me hubiera golpeado el pecho.
Mi hermano Daniel había muerto tres años antes en un accidente de tráfico.
O, al menos, eso era lo que todos creíamos.
Claudia se llevó ambas manos a la boca.
Por primera vez aquella noche, sus lágrimas parecieron auténticas.
Pero no eran lágrimas de tristeza.