A las 2:27 de la madrugada, mi padre llamó desde la comisaría. «Cariño… ella me golpeó con un bate de béisbol. Ahora le está diciendo a la policía que la ataqué porque padezco una enfermedad mental». Al llegar, encontré a mi cuñada llorando y a mi hermano de pie, en silencio, a su lado. Le mostré al agente mi placa de agente federal y se quedó pálido. Entonces, la manga de la camisa de mi padre se deslizó hacia arriba y, de repente, comprendí que aquello era mucho más que una disputa familiar.

Pero la dirección de la fotografía ofrecía otra vía de investigación.

Se trataba de una antigua nave industrial en las afueras de Madrid, registrada a nombre de una sociedad sin actividad comercial aparente.

La misma sociedad aparecía en varios movimientos financieros relacionados con el patrimonio de mi padre.

El inspector jefe organizó la actuación policial correspondiente.

Yo no iba a convertir aquello en una venganza personal.

Mi trabajo consistía en asegurar que las pruebas sobrevivieran a cualquier intento de destruirlas.

A las cinco y cuarenta de la tarde, un equipo entró en la nave.

Encontraron documentación financiera, dispositivos electrónicos y una habitación acondicionada para mantener a una persona aislada del exterior.

En una pared había marcas de golpes.

En una silla, correas de sujeción.

Y en el suelo, junto a una papelera, un pequeño frasco de medicación con una etiqueta arrancada.

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