A las 2:27 de la madrugada, mi padre llamó desde la comisaría. «Cariño… ella me golpeó con un bate de béisbol. Ahora le está diciendo a la policía que la ataqué porque padezco una enfermedad mental». Al llegar, encontré a mi cuñada llorando y a mi hermano de pie, en silencio, a su lado. Le mostré al agente mi placa de agente federal y se quedó pálido. Entonces, la manga de la camisa de mi padre se deslizó hacia arriba y, de repente, comprendí que aquello era mucho más que una disputa familiar.

Y debajo, una sola frase:

«La herencia es el cebo. El verdadero negocio está en los nombres».

4. El archivo de los nombres

La memoria USB contenía una carpeta cifrada.

No intenté abrirla por mi cuenta. La entregué al equipo especializado para que examinara su contenido sin alterar los datos originales.

El teléfono, en cambio, conservaba varios mensajes que podían leerse sin modificar la información almacenada.

Había una conversación con un contacto guardado como «C».

Los mensajes se remontaban a casi un año atrás.

«El viejo no firma».

«Entonces consigue que parezca incapaz».

«¿Y si Lucía vuelve?».

La respuesta me dejó sin aire.

«Lucía no sabe nada. Y si pregunta, Daniel ya está muerto».

El último mensaje había sido enviado tres días antes.

«Esta noche lo resolvemos».

No bastaba con leer aquellos textos para establecer quién los había escrito o si eran auténticos. Hacía falta verificar la titularidad del teléfono, la integridad de los mensajes y su contexto.

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