Mentí. Le dije que había oído de una mujer rumbo a la costa.
Él me sostuvo la mirada demasiado tiempo.
—Si la ve, avíseme. Soy Nemesio Valdés.
Regresé al rancho sin vender lo que quedaba. Cuando vi a Rosalba junto a la quesería, bajé del caballo y la abracé sin pensarlo.
—¿Qué pasó?
La sujeté por los hombros.
—Está aquí. Nemesio está en el pueblo.
Rosalba palideció.
—Entonces ya no quiero esconderme —dijo después de unos segundos—. Quiero que Petronila hable aunque sea desde el fondo del río.
PARTE 3
Esa noche entendí que Rosalba ya no era la mujer que había llegado pidiendo un rincón para dormir. Tenía miedo, sí, pero el miedo ya no decidía por ella.
Extendimos sobre la mesa el reloj de Petronila y una hoja donde anotamos lo poco que sabíamos. Rosalba recordó que Nemesio había mencionado una hermana que vivía “por la montaña”. Durante 2 semanas pregunté con cuidado en rancherías y puestos de camino, usando como pretexto la venta de queso. Finalmente encontré a Eduviges en una comunidad apartada, cuidando cabras detrás de una casa de adobe.