—De mi marido.
Se llamaba Rosalba. Tenía el vestido lleno de polvo, el cabello pegado a la frente y una bolsa de cuero cruzada contra el pecho como si ahí llevara lo único que no podía perder. Le serví café de olla, frijoles y un pedazo de queso. Comió despacio al principio; luego con el hambre de quien lleva días sobreviviendo con fruta verde y agua de arroyo.
—Mañana vemos qué hacer —le dije—. Pero esta noche necesito saber qué tan cerca viene el problema.
Rosalba miró hacia el camino oscuro.
—Se llama Nemesio Valdés. Tiene tierras, dinero y gente que le hace favores. Si pregunta por mí, muchos van a hablar.
Quise decirle que fuera al pueblo, que buscara a las autoridades, que yo era un hombre solo y meterla a mi casa podía traer chismes y algo peor. Pero la vi estremecerse cuando una rama tronó entre los cafetos. No era actuación. Era el miedo aprendido de quien ha pasado demasiado tiempo esperando el siguiente golpe.