Evelyn se levantó furiosa.
—¡Algún día te arrepentirás de tratarme así!
—Puede que algún día me arrepienta de algunas decisiones, mamá. Pero no voy a tomar esta por miedo a que te enfades.
Ella salió de casa sin despedirse de mí.
David cerró la puerta y permaneció unos segundos con la mano apoyada en el picaporte.
No parecía triunfante.
Parecía un hombre que acababa de descubrir que querer a alguien no siempre significa conocerlo tan bien como creía.
Durante las semanas siguientes, nuestra casa cambió.
David empezó a pagar sus propias comidas, organizar sus gastos y revisar sus cuentas. Se puso en contacto con el banco para comprobar las operaciones que no reconocía y buscó asesoramiento independiente sobre la documentación de la compra.
La operación de la casa quedó paralizada mientras se aclaraban las condiciones. La señal de ocho mil dólares estaba en riesgo, y nadie podía asegurar que Evelyn fuera a recuperarla.