También recordaba las veces que me había humillado delante de otras personas.
No intentaba borrar ninguna de esas imágenes.
Había aprendido que recordar con honestidad era más importante que convertir a los muertos en santos o en monstruos.
Mi padre murió dos años después.
Regresé al pueblo para su funeral.
Mi madre me abrazó en la puerta y lloró contra mi hombro.
Mi hermano me pidió perdón por no haber preguntado nunca de dónde procedía el dinero de la parcela.
Lo escuché.
No le dije que todo estaba olvidado.
Le dije que podíamos empezar a hablar con sinceridad.
Y eso hicimos.
No recuperamos los años perdidos, pero dejamos de fingir que nunca habían existido.
## La carta que leí por última vez
Muchos años después, cuando ya tenía el cabello completamente gris, volví a abrir la última carta de Stoyanka.