Dentro había una carta de aceptación de la universidad de Plovdiv.
Me quedé helado.
Era mi carta.
La misma que mi padre había guardado antes de la boda.
Pero no estaba sola.
Debajo había otra carta, fechada seis años después de nuestro matrimonio.
La reconocí por el sello.
Era de la universidad.
La abrí con las manos temblorosas.
Decía que, debido a una solicitud recibida, mi expediente académico había sido archivado definitivamente.
La solicitud llevaba mi firma.
Pero yo nunca la había escrito.
Alguien había imitado mi firma para cerrar la última puerta que me quedaba.
Me senté en el suelo.
Por primera vez, comprendí la magnitud de lo ocurrido.
No se habían limitado a decidir con quién debía casarme.
También habían intentado borrar la posibilidad de que algún día pudiera ser otra persona.