Mi madre empezó a llorar.
—Te fallé, hijo. Y lo siento.
Durante mucho tiempo había imaginado que, si alguna vez escuchaba aquellas palabras, sentiría alivio.
Pero no sentí alivio.
Sentí tristeza.
Porque una disculpa, por sincera que sea, no puede devolver veintidós años.
Miré a mi padre.
—No volveré a trabajar para ti. No volveré a aceptar dinero tuyo. Y no volveré a permitir que decidas por mí.
Él intentó responder.
Pero yo ya me había marchado.
## La habitación que Stoyanka había preparado
Durante los días siguientes, apenas dormí.
Revisé todos los documentos del baúl y llevé las cuentas a un abogado del pueblo vecino.
Descubrimos que una parte de los pagos realizados por Stoyanka había sido registrada como deuda, aunque los recibos demostraban que ya se había saldado.
El abogado me explicó que algunas cuestiones necesitarían una revisión legal cuidadosa, especialmente por el tiempo transcurrido y la titularidad de las propiedades.