Entonces encontré algo que me hizo dejar de respirar durante unos segundos.
Un mensaje enviado desde mi dirección de correo electrónico a una empresa de servicios financieros.
El asunto decía:
«Solicitud de información sobre un préstamo personal».
Yo no había enviado ese mensaje.
Lo abrí.
En el cuerpo del correo aparecían mi nombre completo, mi dirección y algunos datos personales. También figuraba un número de teléfono que reconocí inmediatamente.
Era el número de Owen.
Llamé a la empleada del banco.
—Necesito saber si se ha abierto algún producto financiero a mi nombre sin mi autorización.
Me explicó que tendrían que revisar el caso y que, si sospechaba una suplantación de identidad, debía presentar una reclamación formal.
Antes de salir, solicité que reforzaran la seguridad de mi cuenta y cambié las contraseñas de mis servicios bancarios y de correo electrónico.