Mi madre también tuvo que afrontar las consecuencias de sus decisiones.
Durante un tiempo no quise verla.
Necesitaba distancia para comprender lo que sentía.
Cuando finalmente acepté reunirme con ella, no fue para fingir que la había perdonado.
Fue para escucharla.
Me pidió perdón.
Lloró.
Reconoció que había intentado controlar nuestras vidas por miedo a perder la posición de la familia y que había cometido actos que nunca podría justificar.
No le prometí que todo volvería a ser como antes.
Le dije que, si quería recuperar nuestra relación, tendría que demostrar con hechos que había cambiado.
Por primera vez, no intentó discutir conmigo.
Asintió.
Y aunque no sabía qué ocurriría después, comprendí que había dejado de permitir que el miedo decidiera por mí.
En cuanto a Nicolás, comenzó a visitarnos con más frecuencia.