Sus ojos se humedecieron.
—¿Por qué está aquí, entonces?
Sentí que las lágrimas me llenaban los ojos.
—Porque pasé veintidós años sin saber que existías. Y porque, si hay una oportunidad de que nos conozcamos, no quiero perderla por miedo.
Nicolás bajó la mirada.
Durante unos segundos pensé que se marcharía.
Pero entonces sacó algo del bolsillo.
Era una fotografía antigua de un niño pequeño.
—Mi madre adoptiva me dijo que me encontraron cuando era un bebé. Siempre he querido saber de dónde vengo.
Me mostró la imagen.
En ella aparecía con unos dos años, sentado sobre una manta azul.
Sentí un dolor indescriptible.
Yo había perdido sus primeros pasos.
Sus primeras palabras.
Sus primeros cumpleaños.
Todas aquellas pequeñas cosas que ningún dinero del mundo podía devolverme.
—Lo siento —susurré.
Nicolás se sentó por fin.