Su voz se quebró.
—Nunca volvió.
Sentí una mezcla de rabia y compasión.
Mi madre había vivido con sus decisiones.
Pero eso no borraba el daño que había causado.
—¿Dónde está la caja que retiraron de Casa Santa Cecilia? —pregunté.
Ella negó con la cabeza.
—No lo sé.
—¿Dónde está Adrián?
—Tampoco lo sé.
Me levanté.
—No voy a ocultar lo que has hecho. Las autoridades tendrán que investigar y tú tendrás que responder por tus decisiones.
Mi madre me tomó de la mano.
—Mateo, soy tu madre.
La miré durante unos segundos.
—Y yo era tu hijo cuando me hiciste creer que el mío había desaparecido para siempre.
Soltó mi mano.
Salí de aquella casa sin mirar atrás.
No sabía si algún día podría perdonarla.
Pero sí sabía que el silencio había terminado.