Sophie se acercó y le tocó la cara.
—No llores, papá.
Él la abrazó de nuevo.
Yo aparté la mirada para darles un poco de intimidad.
No sabía si Preston lograría convertirse en el padre que sus hijas necesitaban.
Pero aquella vez había hecho algo que antes le costaba muchísimo: escucharlas sin defenderse.
Después de pasar varias horas con ellas, se acercó a mí.
—Gracias por permitir que las viera.
—Son tus hijas. Lo importante es que sigas estando presente.
Miró hacia donde las niñas jugaban.
—He perdido muchas cosas por mi orgullo.
No respondí.
—Y he perdido mi matrimonio por creer que tú siempre estarías ahí, pasara lo que pasara.
Respiró profundamente.
—No espero que vuelvas conmigo. Sé que no tengo derecho a pedirte eso. Pero quería decirte que ahora entiendo algo que nunca entendí mientras estábamos casados.
—¿Qué cosa?