Pero el problema ya no era solo lo que había visto. Era todo lo que habían decidido ocultarme.
Once años de matrimonio no podían borrarse con una explicación.
Y treinta y siete años de amor entre un padre y un hijo tampoco.
—Necesito tiempo —dije finalmente.
Vanessa intentó acercarse, pero levanté una mano.
—No. Ahora no.
Me marché del apartamento sin mirar atrás.
Aquella noche dormí en casa de un amigo.
No contesté las llamadas de Vanessa ni las de mi padre. Sin embargo, cuando Sophie me llamó para preguntarme cuándo volvería a casa, no pude contener las lágrimas.
—Mañana, princesa. Te lo prometo.
—¿Estás triste, papá?
Miré por la ventana.
—Un poquito.
—Mamá dice que cuando estás triste tienes que hablar con alguien que te quiere.
Sonreí a pesar de todo.
—Tu madre tiene razón.