Miré a Vanessa.
—¿Y por eso habéis estado reuniéndoos a mis espaldas?
—SÃ. Y sé que no hay excusa para habértelo ocultado. Debà hablar contigo desde el principio.
Sus lágrimas caÃan sobre sus manos.
—TenÃa miedo, Adrian. Tu padre me pidió unos dÃas para comprobar los documentos. Después encontramos información contradictoria y todo se volvió más complicado. Cada vez que intentaba contártelo, aparecÃa algo nuevo. Y cuanto más esperábamos, más difÃcil resultaba explicártelo.
—¿Y los abrazos?
Vanessa se quedó inmóvil.
Mi padre bajó la cabeza.
—La noche que nos viste, ella acababa de recibir una llamada de la abogada. Nos dijo que la mujer que buscábamos podÃa seguir viva. Vanessa se echó a llorar y yo la abracé. No hubo ninguna aventura, hijo. Te lo juro.
No respondà inmediatamente.
QuerÃa creerles.