Fue entonces cuando empezó a sospechar que algo no encajaba.
—Contraté a una abogada —continuó Nora—. No quería acusar a nadie sin pruebas. Ella me ayudó a conseguir una copia de los registros hospitalarios y a solicitar la prueba de ADN.
Señaló los papeles.
—El resultado dice que Ellie es tu hija biológica. No hay ninguna duda.
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
—Pero el hospital me dijo que había muerto.
—Lo sé.
—Vi a los médicos llorar. Me entregaron un certificado. ¡Me dijeron que mi bebé no había sobrevivido!
Mi voz se quebró en un grito.
Nora se levantó para abrazarme, pero retrocedí.
No porque no la quisiera.
Sino porque, de repente, no sabía qué hacer con el dolor que llevaba cinco años guardando.
Había llorado a mi hija durante mil noches. Había conservado una pequeña manta rosa en el fondo de un cajón. Había celebrado en silencio cada cumpleaños que nunca llegaría a compartir con ella.