Salí de la iglesia con el vestido lleno de barro y 30 invitados riéndose mientras mi madrastra sonreía.-tete

—¿Te ayudo?

Lucía sonrió.

La primera vez que se casaron, casi todo el mundo había decidido algo por ella: dónde vivir, qué firmar, qué debía soportar y cuánto valía.

Ahora una simple pregunta significaba más que 4 vehículos negros, las acciones recuperadas o cualquier cifra escrita en una cuenta.

Lucía puso su mano en la de Mateo.

—Sí.

Y cruzaron el barro juntos.

La pieza de latón golpeó suavemente contra su pecho con cada paso.

Durante años, Lucía creyó que aquel pequeño objeto era solo un recuerdo de su madre.

Al final descubrió que no era una llave hacia una fortuna.

Era la prueba de que su historia había empezado mucho antes de que otros intentaran escribirla por ella.

Y el recordatorio de que, desde aquel día, nadie volvería a decidir el final sin preguntarle primero.

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