PARTE 2 — EL PRECIO DE LA TRAICIÓN

Me llevé ambas manos a la boca.

—¡Maya!

El médico sonrió.

—Es una señal alentadora. Todavía queda un largo proceso de recuperación, pero es una buena respuesta inicial.

Abracé suavemente a mi hija.

Ella sonrió por primera vez desde el accidente.

—Mamá, creo que mis pies todavía me escuchan.

Comencé a llorar.

—Sí, cariño. Te escuchan.

Pero aquella felicidad duró poco.

A las seis de la tarde, mi padre apareció en el hospital.

Parecía haber envejecido diez años.

—Elena, necesito hablar contigo.

Lo miré sin levantarme.

—¿Viniste a ver a Maya?

Sus ojos se desviaron hacia la cama.

—Sí, por supuesto.

Mi hija estaba dormida.

Mi padre se acercó apenas un paso.

Después volvió hacia mí.

—También tenemos que hablar de las cuentas.

Sentí una tristeza profunda.

Incluso allí, frente a su nieta herida, el dinero seguía siendo su prioridad.

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