Y la cuenta de 23.289 dólares no fue lo que destruyó a aquella familia.
Lo que la destruyó fue la creencia de que podían utilizarme para siempre sin que yo llegara a descubrirlo.
A veces, la mejor respuesta no es gritar, humillar ni devolver el daño recibido.
A veces, basta con dejar que las personas pidan exactamente lo que quieren, que digan en voz alta lo que realmente piensan y que, cuando llega el momento, se hagan responsables de la factura.
Porque la generosidad es un regalo, no una deuda. Y poner límites no te convierte en una mala persona: te recuerda que tú también mereces respeto.