Mi suegra apareció en mi restaurante con 38 amigos y anunció: «¡Pidan lo más caro! Hoy invito yo», a pesar de que sabía perfectamente que no tenía ninguna intención de pagar. En lugar de echarlos, miré al gerente y le dije: «Sírvanles todo». Tres horas más tarde, al ver la cuenta de 23 289 dólares y la carpeta que puse sobre la mesa, dejó de sonreír.

—¿Qué vas a hacer ahora?

Miré la carpeta.

—Lo que debí hacer hace años.

PARTE 5: El precio de la traición

Lucas llegó a Lumina cuarenta minutos después.

Entró deprisa, con el rostro enrojecido y la corbata torcida.

—¿Dónde está mi madre?

—Se ha ido.

—¿Y la cuenta?

—Está documentada. Se ha organizado el pago pendiente.

Soltó un suspiro de alivio, como si eso resolviera todos sus problemas.

—Bien. Ahora podemos hablar como adultos.

Le señalé una silla.

—Siéntate.

Por primera vez en nuestro matrimonio, Lucas obedeció sin discutir.

Puse delante de él las copias de las transferencias, las facturas y los mensajes.

Los miró en silencio.

—Camilla, puedo explicarlo.

—Te escucho.

Se pasó una mano por el cabello.

—Estaba pasando por una época complicada. Había gastos que no sabía cómo afrontar. Lo de esa mujer fue un error.

—¿Un error o una relación que mantuviste durante meses?

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